4 de septiembre de 2009

Broadway, un año después... y Grotowski y Brook

Hace ya un año, Carmen y yo pudimos disfrutar de seis días en Nueva York, visitando museos, edificios, localizaciones de películas, parques... o sea: ejerciendo de turistas en toda regla. Y fue allí donde se inició esta locura de unir la pasión por el teatro con los viajes que unos sueña en hacer.

Estaba claro que yendo a la Gran Manzana no puedes obviar el hecho de ir a ver una obra de teatro, ya sea un musical de Broadway, alguna obra en el Shakespeare in the Park, o un drama o una comedia en el off-Broadway,... lo que sea (suena raro decir estas palabras que siempre hemos oído en películas). Y, encima, es inevitable si el teatro forma parte de tu vida. Y nosotros ya sabíamos lo que queríamos ver: la adaptación musical de Mel Brooks de su película El jovencito Frankenstein. Y habiendo pasado ya un año, todavía no han desaparecido de mi cabeza las imágenes que vimos en aquella representación.


Desde hace mucho tiempo, casi todo lo que leo tiene que ver con el teatro, habla sobre el teatro o lo hago desde un punto de vista con propósitos teatrales (evidentemente, de vez en cuando hay que hacer una pausa y leer otras cosas). Así, leo desde Shakespeare hasta los hermanos Álvarez Quintero, o los escritos de Yoshi Oïda o los ensayos de Peter Brook o Jerzy Grotowski (por ejemplo, ahora mismo estoy leyendo Hacia un teatro pobre de Grotowski).

Así se estudian teorías, se aprenden prácticas nuevas o se pueden conseguir herramientas para una propia investigación. Y, quizás, si lo que quieres es profundizar en el objeto y la forma del trabajo del actor, entre los mejores escritos están los de Brook y Grotowski, con sus teorías del espacio vacío y el teatro pobre, respectivamente.

No voy a explicar con todo detalle qué promulgan cada uno, pero al leer sus libros la idea básica que recoge uno en ambos casos es que el teatro no necesita de nada más que de un actor y de una persona que quiera verlo (un público): el resto (escenografía, música, iluminación o el mismo edificio) son innecesarios para el hecho teatral. Grotowski va más allá y cree, incluso, que el mismo texto también es prescindible. Teniendo eso en cuenta, uno puede ir a la raíz de la expresión teatral más pura, sencilla y directa que puede existir. Y la más difícil de conseguir.

Bien, pues Broadway no es así.

Allí son los anti-espacio-vacío, los anti-teatro-pobre. Allí, lo primero que se aprecia es la cantidad de dinero que recibe y gasta el teatro musical. Todo está pensado para ser una industria: "hay que hacer que el público venga a vernos" y hacen auténticos espectáculos grandilocuentes, "hay que entretener al público y hacerlo sentir bien" y hacen músicales que es el auténtico género del teatro americano, "hay que interpretar bien las canciones y bailar, y actuar" y exigen una preparación a los actores que roza la locura. Y la gente paga las entradas a precio de oro para ver la última producción existosa, y así se vuelve a empezar la rueda con el dinero ganado en las taquillas.

Cuidado: no es una crítica, es su forma de trabajar y lo hacen muy bien. Y saben entretener al público. Y el público disfruta. Y, desde el punto de vista del actor, lo encuentro muy bien. Que no solo de pan vive el hombre, ni solo de El huerto de los cerezos vive el actor.

Vale que sólo las cinco primeras escenografías que vimos en El jovencito Frankenstein costaron más que el presupuesto de todas las obras de teatro donde he participado. Vale que tenían unos recursos musicales y de iluminación casi ilimitados. Vale que los teatros son tan grandes que parecen pensados para despachar la mayor cantidad de público posible por función. Pero lo hacen muy bien.

Para mí fue emocionante ver actores tan bien preparados: con una forma física y un control corporal espectacular, una capacidad vocal para cantar y matizar increíbles, y una sensibilidad para la comedia fuera de toda discusión. Cantan, bailan y actúan como si fuera la cosa más fácil del mundo y, cuando sabes lo que cuesta hacer medianamente normal una de esas cosas, te emociona ver cómo otro lo hace bien todo a la vez.

De izquierda a derecha. De pie: Roger Bart, Susan Stroman, Thomas Meehan, Robert Sillerman,
Sutton Foster, Shuler Hensley, Andrea Martin, Fred Applegate y Christopher Fitzgerald.
Sentados: Mel Brooks y Megan Mullally. Foto de Erin Baiano/Paul Kolnik Studio.

A la mayoría de los actores no los conocíamos, pues Broadway tiene su propio star-system (como el cine y la televisión) y puede que preste sus actores a películas o series, pero suele ser en papeles menores. Sólo el nombre de Roger Bart nos sonaba. En cine había hecho: Las mujeres perfectas, Los productores (consiguió un Tony por el mismo papel que hizo en Broadway), Hostel 2, American Gangster o The Midnight Meat Train; y en televisión: Ley y orden, Habitación perdida o Mujeres desesperadas.

Fue todo un descubrimiento: elegante, buen bailarín, voz perfecta para cantar (hizo la voz de las canciones en el Hércules de Disney) y gran actor. Consiguió hacernos olvidar al Gene Wilder de la versión fílmica.

Así que, aquella noche salimos del teatro teniendo la sensación a haber presenciado algo fuera de lo común y sabemos, por otros amigos que fueron a ver otros espectáculos, que la mayoría de musicales son así: grandiosos, perfectionistas y apabullantes. Muy recomendables, aunque sólo sea una vez en la vida. Y para muestra, un par de videos.

Video promocional "Young Frankenstein the Musical", reparto original de Broadway.


Video promocional "Mel Brooks', Young Frankenstein the Musical, EPK".
Propiedad de Decca Label Group, editora de la banda sonora del musical.

Web de la obra: www.youngfrankensteinthemusical.com
Biografía Jerzy Grotowski: http://es.wikipedia.org/wiki/Jerzy_Grotowski
Biografía Peter Brook: http://es.wikipedia.org/wiki/Peter_Brook
Biografía Roger Bart: http://www.imdb.com/name/nm0058372/

7 de agosto de 2009

Ricard/Dones o El día después del estreno

Ayer ya acabó todo.

Ayer, después de 3 semanas (menos un día) de trabajo, hicimos el estreno del estudio realizado con Pilar Pla (que ya comenté en una entrada de julio) sobre el Ricardo III de Shakespeare. Se trataba de una puesta en escena de las relaciones que tiene Ricardo con las diferentes mujeres de la obra: Lady Anne, su madre la Duquesa de York, la antigua reina Margaret, su cuñada la reina Elizabeth,... eliminando toda la trama política, pero dando algunos detalles como el asesinato de los hijos de la reina Elizabeth.

El lugar fue inmejorable: el VII Festival de Shakespeare de Mataró. La hora quizá no lo fue tanto, las 7 de la tarde, pero eso no impidió que fuera un éxito de público. A pesar de todos los contratiempos.

Primero, estaba claro, fueron los nervios. Estrenar un montaje que sólo has podido ensayar durante un mes, dos horas al día, no lo hacen ni compañías profesionales (no porque no tengan capacidad, sino porque saben que no es la mejor forma). Encima, un Shakespeare de palabra mayores, aunque fuera una adaptación. Y encima, en el Festival de Shakespeare. ¡Ea!

Después, las condiciones adversas. Las 7 de la tarde, con un sol de justicia cayendo sobre nuestra ropa negra o gris de manga larga o, incluso, sobre las chaquetas (de invierno) que llevaban las actrices. Las moscas que nos revoloteaban alrededor y que estuvo a punto de entrar en más de una boca o de posarse en alguna que otra nariz. ¿Por qué todo esto? Porque actuamos al aire libre. Que hace que te sientas más desprotegido, que hace que no sepas si te escucha todo el público porque te da la sensación de que las palabras se escapan, que hace que veas las caras a todo el mundo en las gradas.

Pero, en el mismo momento en que el primer compañero en intervenir dijo su primera frase, nada de eso tuvo importancia. Y salió.

Las horas de trabajo, los problemas superados, los ensayos nocturnos, el primer encuentro catastrófico con el espacio, la directora Pilar Pla,... todo se unió para una representación que conservaremos en la memoria. Quizá alguien piense que se puede mejorar, que en algún ensayo uno u otra lo hicimos mejor que en la representación, quizá con más tiempo hubiéramos mejorado mucho más algún matiz o movimiento, pero luchando contra las adversidades y en el tiempo que tuvimos, fue casi perfecto (el casi es por deformación: uno no siempre está contento al cien por cien).

Al final, de los compañeros que vinieron a vernos, de los familiares, amigos, conocidos y mucha gente que no sabíamos quienes eran, lo que nos llegó fueron cosas positivas. Está claro que estas cosas hay que tomarlas con tranquilidad, pero alguien que no tiene nada que ver con ninguno de nosotros escribió esta crítica sobre el montaje: pinchar aquí para ver la crítica del diario El Tot Mataró.

Un beso a mis compañeros y a la directora, y gracias a todos los que nos ayudaron a que el montaje fuera posible en solo un mes. Un abrazo.


Reparto (por orden de aparición):

Ricardo III: Xavier Alomà / Toni Luna / Marc Fernández / Damián Costa / Marta Hernández
Lady Anne: Maria Llavina
Reina Margaret: Imma Silva
Reina Elizabeth: Jèssica Pérez / Elisabet Aznar (haciendo el mismo personaje que Elisabeth Noé)
Duquesa de York: Rosa María Pérez

Dramaturgia y dirección: Pilar Pla

De izquierda a derecha. De pie: Rosa Mª, María, Marc, Imma. En medio: Jèssica. Sentados: Elisabeth Noé, Pilar, Toni, Damián.

16 de julio de 2009

Waiting for Godot / Esperando a Godot - McKellen & Stewart (Londres, y 3a. parte)

La Royal Shakespeare Company (RSC) siempre ha sido un lugar lleno de excelentes actores y actrices. Actores y actrices que, con el tiempo y la mayor publicidad del cine y la televisión, se han vuelto conocidos por todo el mundo. Ian McKellen (Gandalf en El señor de los anillos o Magneto en X-Men) y Patrick Stewart (Capt. Jean-Luc Picard en Star Trek: La Nueva Generación o Profesor Xavier en X-Men) son dos de ellos.



La cantidad de horas sobre los escenarios, los premios recibidos, los trabajos para televisión o cine, son abales de la fuerza, la potencia, de estos gigantes de la escena inglesa. Ver cualquiera de las últimas interpretaciones de cualquiera de los dos, tanto para el cine como para la televisión, es asistir a una clase de interpretación, de dominio corporal y de perfección vocal. Evidentemente debe ser en versión original (subtitulada o no).

Hace muchos años que ambos son amigos, desde que se conocieron en la RSC, pero hacía mucho tiempo que no tabajaban juntos en el escenario (la saga X-Men ya los unía en las pantallas). Hasta que surgió la oportunidad de hacer "Esperando a Godot" y no se lo pensaron mucho.

"Esperando a Godot" es una obra inclasificable, sin argumento lógico que poder contar, sin acción ninguna que poder recordar, pero es una obra donde llorar y reír, y después preguntarte porqué lo has hecho, es normal y signo de buen montaje. Y, por la misma razón, es una obra que mal escenificada dan ganas de rajarse el estómago uno mismo y descuartizar tus propias tripas para acabar con el dolor (no se me ocurre ninguna imagen mejor, ¡qué pasa!).

Este no es el caso de McKellen y Stewart. Desde el momento en que apareció McKellen, en su papel de Estragón, hasta la última interpelación de Stewart, como Vladimir, para irse, fueron 2 horas y media de risas y lágrimas, de lecciones teatrales, de hombres hechos gigantes por el poder del arte.

Es difícil, para mí, precisar si he visto alguna interpretación sobre el escenario mejores que esas. He visto a El Brujo haciendo el Lazarillo de Tormes o a la Sardá haciendo cualquier-cosa-que-quiera-hacer (L'Hostal de la Glòria o Terra baixa, por ejemplo), que también son grandes interpretaciones. Pero hay una cosa que diferencia a McKellen y Stewart del resto: no parecía que estuvieran haciendo ninguna gran interpretación. En realidad, lo que parecía era que no estaban, ni siquiera, interpretando.

Ciertamente, era una superproducción. Fue un espectáculo con un escenario muy realista (la escena representaba el recodo de un camino donde hay un árbol, esmirriado y sin hojas, al cual le brotan unas hojitas verbes en el segundo acto), los cuatro actores eran de renombre (McKellen, Stewart, Simon Callow -4 bodas y un funeral- y Ronald Pickup -Prince of Persia: Las arenas del tiempo, por estrenar-), el director es uno de los más importantes del teatro inglés (Sean Mathias),... y todo eso implica dinero. Pero aún así, lo único perceptible fue la voluntad de explicar una historia, no hacer grandes interpretaciones, no tener yo más líneas que tú en el guión, ni adelantar un paso para que se me vea más que a ti (es triste pero yo he visto a gente hacer este tipo de cosas para destacar por encima de los compañeros en el escenario). Simplemente, una historia. Y ahí radicó su belleza y su perfección.

La crítica inglesa lo calificó como "Una obra que sólo se ve una vez en la vida" o "Lo-que-usted-debería-ver-esta-temporada". No exageraron.


Web de la obra: www.waitingforgodottheplay.com
Web Ian McKellen: www.mckellen.com
Web Patrick Stewart: www.patrickstewart.org

Se puede disfrutar, on-line y gratis, de otra gran interpretación de Ian McKellen en "El rey Lear", sobre una producción de la RSC. La dirección es: http://www.pbs.org/wnet/gperf/episodes/king-lear/watch-the-play/487/.


7 de julio de 2009

The Winter's Tale / Cuento de invierno - Old Vic (Londres, 2a. parte)

De todas las obras de Shakespeare hay tres obras que están consideradas como obras tardías novelescas: Cimbelino, Cuento de invierno y La tempestad. Y, de todas ellas, la más rara, absurda, inconexa, gratuita en algún momento y con elementos más inverosímiles es Cuento de invierno. Por su contenido, podría considerarse una obra de espectáculo total, ya que la tragedia, la comedia pastoril, la música y el baile se entremezclan en ella de forma perfecta en algunos momentos; pero aunque el texto no deja de ser un buen texto, la historia no es de las mejores de Shakespeare.

Y ahí es donde radica su dificultad. Una primera parte basada, casi por completo, en los celos irreflexivos, sin causa aparente y crecientes, a medida que transcurre la acción, del rey de Sicilia; una segunda que nos transporta a otra ciudad, Bohemia, que ni siquiera existe y donde la hija del rey siciliano ha acabado pasando toda su infancia sin que nadie lo sepa; una de las elipses temporales más grandes de las obras de Shakespeare, solucionada con cuatro versos de un monólogo; una muerte inverosímil por el ataque de un ocasional oso; un "happy end" raro, extraño e improbable. Todas éstas son características de la obra y conseguir un buen montaje, con todo esto en contra, es difícil.


En el Old Vic de Londres lo han conseguido Sam Mendes (director de la obra) y Kevin Spacey (director artístico del teatro) con una compañía llamada "The Bridge Project", formada por actores británicos y estadounidenses. Ethan Hawke, Sinead Cusack, Josh Hamilton, Rebecca Hall y un grandioso (y desconocido para nosotros) Simon Russell Beale conforman, entre otros, esta compañía que presenta doble espectáculo: el comentado Cuento de invierno y El jardín de los cerezos de Antón Chéjov, en una nueva versión de Tom Stoppard. Dos textos nada fáciles que, evidentemente, hacen en días diferentes.
La verdad es que no es fácil salir airoso con un texto tan difícil, como el Cuento de invierno, y en un lugar tan emblemático para el teatro inglés, como el Old Vic, pero la interpretación de Simon Russell hace que parezca todo mucho más sencillo. Él es gran parte del alma que mueve el espectáculo. Verlo es ver una cantidad de matices que sorprende, incluso siendo un idioma diferente al nuestro. Un gran descubrimiento, alguien a quién seguirle los pasos.

Y eso es mucho ya que el Old Vic es uno de los teatros más emblemáticos del teatro inglés para montajes shakesperianos y grandes interpretaciones. Gente como Sir John Gielgud, Laurence Olivier, Richard Burton, Peter O'Toole, Sir Alec Guinness, Judi Dench, Albert Finney, Sir Anthony Hopkins, Maggie Smith o Ben Kingsley han formado parte de las compañías estables del teatro y han tenido noches de gloria entre sus paredes. Increíble tuvo que ser la temporada en que Gielgud y Olivier representaron Romeo y Julieta e interpretaron los papeles de Romeo y Teobaldo, indistintamente: un día podías ir y encontrarte que Gielgud hacía de Romeo y Olivier de Teobaldo, o al revés. O el Hamlet de Richard Burton. O la temporada que tuvo que hacer Gielgud bajo la luz de las velas durante la II Guerra Mundial, negándose la compañía entera a dejar de representar obras.

Ir al Old Vic es estar en un pedazo importante de historia teatral que ni guerras, ni gobiernos de diferente signo, ni la televisión, han podido hacer desaparecer. Ver una obra teatral allí es experimentar un acto ceremonial tal y como debería ser ir al teatro: un escenario imponente, un buen texto, una buena interpretación y un público atrapado por los actores. Y todo en el más absoluto de los respetos.

6 de julio de 2009

Shakespeare's Globe (Londres, 1a. parte)

Hablar del Shakespeare histórico lleva asociados varios nombres Ben Jonson, Christopher Marlowe,... y, por supuesto, The Globe. The Globe fue el teatro en donde se estrenaron las obras de Shakespeare, primero bajo el nombre de Lord Chamberlain's Men y después como The King's Men. Obras como El rey Lear, Ricardo III, Macbeth, Mucho ruido y pocas nueces, Hamlet u Otelo tuvieron su noche de estreno en este teatro.

Evidentemente, después de cuatro siglos y muchas cosas vividas, el actual Globe ya no es siquiera el mismo que aquél en que se estrenaban los textos de Shakespeare (primero fue consumido por un incendio, vuelto a construir, destruido por el puritanismo inglés del s. XVII y reconstruido, finalmente, en 1997 un poco más cerca del río que el emplazamiento original), pero en lo que sí es lo mismo es en el hecho teatral tal y como era en la época isabelina: actúan de tarde (o de noche pero con focos potentes para simular la luz diurna, no para enfocar a los actores) viendo perfectamente las caras de todo el público, sin aparatos artificiales como efectos, focos o sonidos pregrabados, con lluvia o sol, con el público de platea en pie durante toda la representación sin asientos donde sentarse, con vestuario isabelino como única referencia histórica, nada de decorados más que unas columnas, y todo al aire libre (con lo que molestan los pájaros, helicópteros o una sencilla llovizna). Puede parecer que no tiene tanta importancia, pero, para un actor o una actriz, una representación en estas condiciones puede transformarse en una auténtica pesadilla.

Pero, seguro que al final, todo merece la pena porque ya sólo estar allí, en medio del teatro, y mirar hacia el escenario, te transporta hacia otras historias, las de los dramas de Shakespeare leídos o vistos en otros lugares del mundo. Nos podemos imaginar fácilmente a Hamlet recitando su famoso soliloquio, o a Julieta subida a la parte alta (la divina) del escenario asomándose al "balcón" para ver a Romeo, o MacDuff matando a Macbeth en lucha encarnizada de espadas, a
Richmond persiguiendo a Ricardo III mientras éste grita "¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!". Evidentemente, ahora existen diferencias en cómo las representaban antes: los hombres no son los únicos que pueden actuar, se utiliza todo el teatro como escenario (mezclándose, así, los actores con el público), hacen sesiones nocturnas,... pero mantienen el espíritu de la época isabelina.

Fue una lástima que no pudiéramos asistir a ninguna representación pero, como parte de nuestro fin de semana en Londres, ésta era la primera parada inevitable. Nos ambientamos, aprendimos, nos sorprendimos de lo precioso que es el Globe, me emocioné de imaginar poder subir a ese escenario (por supuesto, no nos lo permitían) y nos preparamos para lo que vendría después: The Winter's Tale en el Old Vic y Waiting for Godot con Ian McKellen y Patrick Stewart encabezando el cartel.